LOS CHECOS EN VENEZUELA: Praga vive en el trópico

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Los checos en Venezuela 

PRAGA VIVE EN EL TRÓPICO

Desde el sabor de la cerveza hasta la educación musical, hay temas que en Venezuela no cabe escudriñar sin hacer alusión a un  grupo de inmigrantes checoslovacos llegados tras concluir la Segunda Guerra Mundial. A finales de los 90' su número apenas sobrepasaba los 200, pero su influencia continúa siendo tan notoria como la que el Viejo Continente ejerce la pequeña Praga.  Este  trabajo publicado el 2  de  abril de  2000 en la revista Todo En Domingo de  El Nacional, deja  escuchar la voz de  Emil Friedman y   el empresario Hans  Neumann, ambos fallecidos.

"¿Qué es lo primero que recuerda  
luego de su llegada a  Venezuela?"

Hans Neumann (empresario)
“Mi primera impresión fue ver una gran cucaracha en La Guaira, y el calor húmedo que nos cocía. Llegue sin conocer el idioma. Durante el viaje, en vez de ocupar el tiempo en aprenderlo, jugué tenis de mesa y gané el campeonato del barco. El resultado era que para comunicarme tenía que recurrir a un diccionario checo-español y usar los verbos sólo en infinitivo”.

Carlos Stohr (ingeniero, cronista gráfico de Margarita)
“Lo primero que recuerdo es que llegué a Puerto Cabello y encontré a un señor que llevaba un cochino negro por la calle. Llegué en un de las tres embarcaciones que había dispuesto la Unrra (Comité Internacional para las necesidades de las Post – guerra) para trasladar a los refugiados desde la destruida Europa Oriental. En seguida nos trasladaron al campamento El Trompillo, cerca de G.ig.e. Allí nos dieron a cada inmigrante 33 bolívares para que iniciáramos nuestra vida en libertad”.

Harry Oers (ingeniero civil y profesor universitario) 
“Mi primer recuerdo es curioso, y hasta hoy lo tengo. Estaba asomado por una claraboya del barco, y pude ver en el muelle a unos guardias nacionales que acomodaban gente en una cola, valiéndose de un machete dentro de su envoltorio. Eso me hizo una impresión bárbara, porque el machete no es una herramienta común en Europa. La segunda impresión fue cuando mi hermana, que ya vivía acá y fue a recibirnos, me compro una Coca–Cola. Era la primera vez en la vida que tomaba Coca–Cola”.

 

I
BUSCANDO LA INDENTIDAD 

Praga sobrevivió a cuadro décadas de régimen socialista, con sus altibajos totalitarios, hibernando en medio de una arquitectura de cuento de hadas: cúpulas doradas, templos barrocos y palacetes renacentistas.
Durante los años que siguieron a la caída del comunismo, la ciudad ha despertado lentamente la memoria de su identidad perdida. Al abrir los ojos, la primera impresión fue una fuerte resaca de aislamiento y provincialismo. La segunda, el recuerdo de una hemorragia de pobladores. Escapados de horror nazi o del “paraíso” socialista, cargaban por equipaje la sensación de fugacidad de sus vidas. La mayoría terminó por prosperar.


Hoy Praga recupera el tiempo perdido y expande sus vínculos con el mundo globalizado. El  titulo de Capital Cultural del año 2000 (en el área de patrimonio histórico), otorgado por el Consejo de Ministros de la Unión Europea, fue  un paso en esa dirección.
En cambio, para aquellos que se abrieron al mundo por su cuenta y emigraron desde la antigua Checoslovaquia hacia a países como Venezuela, el tiempo ha cerrado el camino de regreso. Tampoco existe el deseo de volver sobre los propios pasos. Paradójicamente, muchos inmigrantes encontraron aquí su propia identidad.


II
TRINIDAD CHECA

Emil Friedman ha vuelto a su adolescencia. Admite que para cada edad siempre existe un compositor preferido, y a sus 91 años ha vuelto a disfrutar, como lo hacía a los 17, el interpretar piezas de Mozart en su violín. En la década de los 20', Praga vivía su idílico intermedio democrático de la entreguerras. Además, en la ciudad se registraban decenas de conciertos que se llevaban a cabo simultáneamente cada día. 
Se dice que los checos son el pueblo con mayor talento y vocación musical de toda Europa, y Friedman no desmereció el calificativo.

Con sólo ocho años de edad comenzó a impartir clases de violín a niños de cuatro años. De estudiante, llegó a tocar con Albert Einstein en un cuarteto de cuerdas. Un año después de la ocupación de Checoslovaquia por la Alemania nazi, decidió emigrar: los defensores del Reich le habían solicitado que interpretara el himno alemán en un acto oficial. Optó por viajar a Polonia, junto con otros 40 músicos, antes que someterse a las exigencias y a las perspectivas de un autoritarismo creciente.

Arribó a Maracaibo en 1945; no con intenciones de quedarse, sino como escala de una gira por Latinoamérica. Fue cuando el entonces gobernador del Zulia, Felipe Hernández, le ofreció el cargo de director de la Academia de Música del estado. Comenzó a impartir clases de violín y al mes ya contaba con 25 alumnos. En 1949 se mudó a Caracas y crea el Kindergarten Musical Emil Friedman, con un modelo de educación en el arte y cultura tenían tanta relevancia como lo intelectual. Con el tiempo fundó su propio colegio, que actualmente ubicado en la urbanización Los Campitos de Caracas. A comienzos de  siglo sostenía que su modelo de enseñanza no fue más que la transposición a otro país del ambiente en que había sido criado. “A mí me educaron así”, advierte.


Nunca sintió frustración por abandonar definitivamente el clima de ebullición cultural que existía en Praga. “Cuando vine por primera vez, me gustó la vida en Venezuela: sin dificultades, sin miedo”. Pero con el tiempo apareció otra razón que lo obligó a establecerse. Hoy cuando viaja a Praga, apenas cruza el umbral de su viejo hogar – ubicado entre las calles Italska y Riegrovy Sady – comienza a añorar la enseñanza a los niños venezolanos.

En un acto de contrición, el gobierno checo decidió hace algunos años reconocer con el premio Gratias Agit la labor de aquellas personalidades que emigraron durante la primera mitad del siglo y contribuyeron a la propagación de su cultura nacional en el extranjero.

Friedman encabezaba la lista. Junto a él Hans Neumann y Carlos Roubicek completan la Santa Trinidad checa en Venezuela. Ellos son los inmigrantes cuya huella resulta más fácil de rastear.

Roubicek arribó al país en 1942. Al año siguiente comenzó a trabajar en Cervecería Polar, e inmediatamente toma la decisión de modificar el sabor de la bebida para adaptarlo al paladar venezolano. Incrementó la dosificación de gas carbónico y sustituyó un porción de cebada malteada por hojuelas de maíz, con la finalidad  de hacer la cerveza más refrescante y menos amarga. La cerveza tipo Pilsen (o Plzen, según pronuncian checos y eslovacos) que ideó Roubicek tiene como rasgo de personalidad la fusión de ambas culturas. Con apenas 26 años dio con la  alquimia perfecta, que disparó además el crecimiento del negocio. A finales  de  siglo  era  el trabajador activo más antiguo de Empresas Polar.

Neumann, por su parte, llegó al país en 1949. Junto con su hermano Lothar y otro grupo de inmigrantes checos no sólo levantó un gran consorcio de empresas (fábrica de pinturas Montana y Corimón entre otras), sino que también lideró el apoyo a fundaciones culturales. “Venezuela es y siempre ha sido un país de inmigrantes, desde el tiempo de Colón. Su pueblo no conoce, quizás por esa razón, la xenofobia europea”, comentó Neumann.

Diluirse en agua venezolana. Desde cambiar el sabor de la cerveza o la forma de fabricar pintura hasta crear un método de educación musical, son muchos los aspectos que pueden propagarse de un cultura a otra. Lo cierto es que el contagio también opera en forma inversa. En principio, algunos inmigrantes muestran tanta resistencia a dejarse permear por el país como una roca sumergida en un vaso de agua, pero la mayoría terminan por cambiar. Otros, como Carlos Stohr, van más allá: acaban asimilándose como una pastilla de Alka Seltzer.

“Yo he convivido con los venezolanos. Formo parte del pueblo. He cantado galerón y décimas improvisadas, y no me importa comer funche con los pescadores. Cuando uno convive con la gente, empieza a apreciarla”.  
El roce de los años (llegó en 1947) ha limado ciertas asperezas del acento checo, y algún desprevenido achacaría su forma de hablar a un frenillo desarrollado bajo la lengua.

Durante cinco décadas ha mantenido una identidad fragmentada. Mientras en Caracas se ha desempeñado como ingeniero (a lo largo de los años realizó levantamientos urbanísticos en La Esmeralda, La Tahona y Sorocaima), en Margarita su único oficio es el floclore y la conservación. “Trabajo en Caracas y vivo en Margarita. Allá soy cuatro, alpargata, cerveza y playa”. Como artista plástico, Stohr ha documentado, a través de centenares de dibujos y pinturas, la vida, gestos y rutina de los margariteños, y lo ha hecho con tanto rigor que el pueblo ha terminado por nombrarlo su cronista gráfico y su coterráneo. Toma  el cuatro para interpretar añejos ritmos en vías de extinción, como el punto margariteño, y sus manos extraen la música del instrumento sin dejarle a éste notar la inercia de la artritis. Bajo su faceta de cantante ha actuado con el apelativo Macaurel de Chupacachimbo. Stohr es otra transposición tropicalizada.

Para 1950, la colina checa era uno de los grupos inmigrantes más escasos en el país: 1 mil 224 personas, según el censo de la época. No era frecuente que los checoslovacos salieran de su país con las esperanzas expresas de radicarse en Venezuela. Muchos llegaban luego de probar suerte en otros países; otros, por referencia de terceros. Pero la principal razón para asentarse aquí era simplemente, la facilidad con que el Gobierno otorgaba visas.

Harry Oers, profesor universitario, alza su brazo para mostrar un número tatuado con tinta azul – grisácea del horror del  III Reich. “A mí lo que más me gustaba – y espero que me siga gustando– del país es la libertad. Puedo decirlo porque sé lo que es perderla”, indica.

Para un país sin costas como Checoslovaquia, Venezuela significa mar y naturaleza virgen. Stohr, Ossers y Pedro Seidemann (ejecutivo de empresas siderúrgicas y a quien se atribuye la primera venta de acero venezolano a la China) se reencontraron en Venezuela. Aún conservan una fotografía de los tres paseando en el balneario de Turiamo en 1952. Seidemann asegura no sentir nostalgia por el clima cultural de Praga, su ciudad natal. “Creo que a las personas que les gusta la cultura no les hace falta estar en su propio país para poder gozar de ella”.

Al igual que Osrs, Seidemann vivió el terror de los campos de concentración. “El otro miembro de mi familia que sobrevivió a la guerra, por la rama paterna, se refugió en Suiza. Cuando nos encontramos, él me ve como sudamericano. Tampoco puedo decir que soy un ejemplo típico de un checo. Los que hemos sobrevivido a los campos de concentración tenemos otros rasgos de carácter”.

III
LA ÚLTIMA OLA 

Lo más difícil durante los meses de cárcel que le tocó purgar en 1969 a Jana Hubackova de Poloni, fue la incertidumbre de no saber si saldría para contarlo. “Cada noche me juraba que, si sobrevivía, haría otra vida y no lloraría más por cosas sin importancia, y apreciará cada pájaro y cada flor que volviera a ver”, apunta.

Para aquel entonces Jana contaba con 21 años, y era reconocida mundialmente como una de las mejores patinadoras sobre hielo de Europa. Sus medallas internacionales de poco le sirvieron.

Cuando las fuerzas armadas de la URSS le apretaron las tuercas al régimen socialista checoslovaco y aplastaron el intento de apertura que significo la Primavera de Praga, en 1968, Jana se encontraba en Canadá, donde formaba parte del espectáculo itinerante Hollyday on Ice. Desde aquel momento, ella y sus compañeros fueron condenados a vivir como parias, pues regresar a su país significaba la posibilidad de no volver a salir. Pero una súbita enfermedad de su padre la llevó a arriesgarse a cruzar la frontera con un pasaporte británico. Las autoridades socialistas consideraron que seguía siendo checa y la encerraron.

El saco de papas que hacía las veces de sábana en la cárcel era cambiado una vez al mes. Intentaron modificar su propio sentido de identidad. “Hacían mucho trabajo psicológico. Me encerraron junto con asesinos, haciendo ver que mi deseo de tener vida con ciertas comodidades era tan malo como matar. Mis padres lograron localizarme e intervinieron por mí. Entonces las autoridades me obligaron a manejar taxis.” 
Finalmente puedo salir de Checoslovaquia. Jana llegó a Venezuela para casarse con su primer marido. Inmediatamente quedó atada al país. Gerente de varias firmas comerciales, ocupó durante varios años la presidencia de Infoline. Su actual esposo es el cónsul honorario de Eslovaquia. Su asimilación al país se nota cuando utiliza el pronombre “nosotros” para referirse indistintamente a ambas nacionalidades. “Los checos nos identificamos mucho con los venezolanos. Somos gente alegre, nos gusta la cerveza, la música, y tenemos corazón. Los europeos en general se diferencian por ser fríos, pero los checos se distinguen por ser alegres. A pesar de la opresión política, el país estaba lleno de chistes. Además, nos acostumbramos a Venezuela porque aquí tenemos mucho calor humano, somos gente muy familiar y existe un gran sentido de la amistad”.
La segunda ola de inmigración que salió de Checoslovaquia en este siglo, la de 1968, fue numerosa. Aunque la mayoría prefería países de Europa Occidental, Estados Unidos o Canadá, unos pocos llegaron a Venezuela, no sin antes tocar puerta en otras naciones. Pero luego de la división de Checoslovaquia (escindida hoy en República Checa y Eslovaquia), de la apertura democrática y de dos procesos de elecciones presidenciales, la inmigración a Venezuela ha sido casi nula.

En la Embajada de la República Checa en Caracas estaban  registrados a final de siglo XX  poco más de 200 inmigrantes en el país aunque podrían ser mas. No hay una estadística conocida, pero según apuntaba el embajador Antonin Blazek, si se compara la relación entre número de inmigrantes y aportes al país (medios en beneficios comerciales y culturales), los checos podrían encabezar en Venezuela la lista como una de las colonias más productivas.

“Apenas llevo tres meses en el país. Aunque para mi sea un paraíso, para otros puede ser un país con dificultades, señala Blazek. Con todo, ambos países esperan intensificar las relaciones bilaterales en áreas comerciales y culturales en los próximos años. El viceministro de Relaciones Exteriores, Jorge Valero, quien viajó a la República Checa  en noviembre 1999 y nuevamente en enero pasado, se mostró interesado en abrir espacios para la realización de negocios conjuntos.

La apertura checa de los últimos diez años y la posibilidad de establecer vínculos comerciales, son dos factores que facilitarían condiciones para una tercera corriente de inmigración. 
A diferencia de las dos olas precedentes, los checos no vendrían apurados por persecuciones políticas. Finalmente, un nuevo grupo de profesionales tomaría una estafeta de relevo que ha postergado largamente su entrega.

02 dE noviembre dEl 2014