INSOLENCIA MODULADA: La Historia de la Radio Irreverente (Parte I)

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 La Historia de la radio irreverente (Primera parte)


INSOLENCIA MODULADA

La generación de locutores de radio que insurgió a finales de los 60 nació bajo el sino maldito de la eterna juventud. Muchos de los condenados a la nostalgia eterna han podido desligarse y evolucionar. Otros no. Algunos aprendieron a  reírse de sí mismos. Otros esperan por el renacer de una irreverencia que no conoce caducidad en el tiempo, mientras veneran  las piedras rodantes de Dylan.

Rodolfo Baptista

     En los años en que transcurría el primer mandato del presidente Rafael  Caldera (a  finales  de los 60 comienzos de los 70)  la Guardia Nacional se encargaba de la profilaxis del género masculino de la contra-cultura. A veces emboscaban a cualquier desprevenido de insolente. Al propio tiempo, le obligaban a escupir, pues si el transgresor había fumado “yerba” le era imposible segregar saliva suficiente. Luego del escarmiento, legalidad de por medio, la Guardia se desentendía del asunto. La mayoría de las veces, las víctimas eran jóvenes militantes del movimiento hippie. Y aunque la categoría no es excluyente, otros muchos de los condenados eran locutores de radio.

     Una figura pública que se dejase ver con el cabello largo era una verdadera irreverencia. También la vestimenta y ciertos giros verbales provocaban el estupor de los adultos y los tijeretazos de los organismos de seguridad, mientras la misma facha fascinaba a un extenso sector de jóvenes que volcaban su idolatría hacia los locutores. Era la época en que por primera vez una tribu de rebeldes nacionales era liderada por chamanes propios, quienes tenían espacios radiales por escenario de ceremonias. No pudo ser de otro modo. La rebeldía terminó por identificarse más con la radio que con cualquier otro medio. En  el cine las películas más emblemáticas del momento aparecieron muy tardíamente en salas y la televisión no transmitía programas juveniles.

La radio era la única que difundía el mensaje de los artífices de la contracultura. Así, programas como……

 

HIPPIE HAPPY CAPPY.....

......Conducido por el Cappy Donzella, era esperado y sintonizado con ansiedad a finales de los 60. Sin proponérselo, el Cappy fue la figura paradigmática de la irreverencia en aquel entonces. El llegó a pasearse por todas las formas de atrevimiento: desde conducir en un auto descapotable vestido de astronauta, hasta dormir en un ataúd.

     El "Cappy" formaba parte de una generación de locutores que insurgió contra el mundo desde las consolas de Radio Capital. Junto a él, Napoleón Bravo, Alfredo Escalante, Plácido Garrido e Iván Loscher lideraron, con estilo desenfadado y propuestas de informalidad, una irreverencia comprometida con el sueño de una sociedad utópica. La alucinante música de The Doors, Rolling Stones, The Beatles, Bob Dylan, vehiculaba una suerte de metalenguaje que sólo era comprendido por la rebeldía del  momento.

     Cappy condujo también el espacio “Skorpio”, un trampolín hacia una música progresiva, y Underground. Junto a Napoleón Bravo, el Cappy realizó uno de los primeros programas que rompieron esquemas, llamado “Escuchen a este par de imbéciles las tonterías que dicen”. Fracturó tantos esquemas que sólo salió al aire dos veces. La música era de avanzada y sobre todo anarquista y contraria a lo que tradicionalmente difundían las emisoras, tal como el álbum “La madre de la invención”, de Frank Zappa, o música dodecafónica.

Según Cesar Miguel Rondón, Iván Loscher fue el más irreverente de la generación de comienzos de los 70. “Para la época era un individuo con profundas inquietudes intelectuales. Hoy en día está tan viejo como los Rolling Stone”. La  irreverencia de Loscher estuvo más ceñida a cuestionar los patrones contraculturales y a la policía, como brazo represivo de la sociedad. “Tuvimos muchos problemas, pero como la gente nos respetaba, el Gobierno no nos molestaba mucho”, explicó Loscher. Sus formas de irreverencia eran tan sofisticadas como la música de Zappa. Así, entrevistar a Juan Pablo Pérez Alfonso era considerado irreverente, por ser precisamente un hombre muy contracultural. “Basurero Mundial”, otro programa conducido por Loscher, se ocupó exhaustivamente del tema de la ecología, cuando la preservación del ambiente era una fórmula de confrontación.

     Pero el programa más importante de Loscher fue “La Hora Trece”. Desde ese espacio se dedicaba a leer información sobre música, pero también las propuestas contraculturales: Sartre, Heidegger, Marcuse, Kierkegaard.  Julio César Venegas, locutor nacido al cobijo de esta generación, logró obtener su título de profesional del derecho al transcribir el texto de un programa de Loscher y presentarlo como un examen final. En una oportunidad el programa fue suspendido por radiar el sonido de un tiroteo. Las balas percutadas hacían referencia a un incidente que en el año causó conmoción. “La  policía había asesinado a una muchacha que iba de parrilera en una moto que conducía Diego Rísquez. Yo le entregaba el programa a Cappy a las 3:00 de la tarde y lo finalicé con ese efecto. El inició su programa con el mismo efecto de balas y nos suspendieron a los dos”.

“Especialísimo” fue una propuesta contra la rutina de una radio, en la que tradicionalmente se mezclaban cuñas y piezas musicales”. “La idea era llevar no solamente a través de la música, sino a través de textos, actores, recitales, obras de teatro y adaptaciones para radio de obras literarias, el pensamiento de ese momento”, indicó Napoleón Bravo.

     La irreverencia de aquel entonces la definía el tipo de mentalidad provinciana que imponían la censura y las restricciones, según Bravo. “La derecha para aquel tiempo, y en líneas generales, era muy poco instruida. Cuando yo presentaba un programa sobre Pablo Neruda decían que yo era comunista, aunque también hablara de Walt Whitman y Nietzsche. Cuando cayó Salvador Allende eso me pegó mucho y le dediqué dos programas. En ese momento creía en la democracia y me tomé a pecho eso, aunque yo no estaba de acuerdo con lo que estaba sucediendo en Chile. Un grupo de anunciantes envió una carta a la emisora para que me sacaran del aire porque yo era comunista y apoyaba a Allende. Eran ese tipo de cosas provincianas lo que dificultaba nuestra labor”.

     Alfredo Escalante también considera que la irreverencia tenía mucho de ingenuidad, vista con la perspectiva de los años, Un programa en el que se recibía al oyente diciendo “Tronas y Tronos, Buenas noches” fue considerado un atrevimiento sin  parangón. “Hippie Happy Cappy tenía frecuentemente problemas con la censura, pero por razones de lenguaje”, explicó.

     Escalante opina que además de la carga ideológica, la irreverencia tenía por detrás otro factor: “principalmente, hambre. Había que destacarse de alguna manera para poder llamar la atención”.

     Con el paso de los años ocurrió un extraño fenómeno. Pronto, demasiado pronto, la generación de los 60 comenzó a sentir nostalgia de sí misma. Pero quizá lo peor fue que lo contracultural terminó siendo la cultura oficial. Así, a comienzo de los 80 ya existía  una…..

IRREVERENCIA INSTITUCIONALIZADA…

......heredera bastarda de aquella que lideraban las voces de la contracultura. 

La de los 60 era una generación que pensaba que su juventud les sería eterna. De allí la insolencia de su protesta. No tenían nada que perder y sí el mundo por ganar. En esta convicción fundamentaron su irreverencia.

     Tal seguridad se basaba en un factor no consciente. La psicodelia de la época no se encontraba nada más en las carátulas de los discos de Jefferson Airplane, sino en el halago publicitario constante que subrayaba la importancia extraordinaria de tener 18 años de edad. La sociedad de consumo descubrió en los jóvenes la veta del gran mercado y espoleó la malcriadez de aquellos años como una forma de ganárselos.  El corolario de sobra conocido fue el gran espectáculo de una juventud confundida ante la responsabilidad de salvar al mundo.

     Con los años aquellos locutores que lideraron la utopía tomaron diversos caminos o “expandieron su conciencia” hacia otros horizontes. Algunos se integraron al sistema y otros perpetuaron su ideal de una eterna juventud. Y otros asumieron posturas más conflictivas, como el Cappy Donzella, quien dio un giro drástico a sus convicciones iniciales.

“Todo aquello se acabó porque se tenía que acabar”, explicó Cappy. “En los 70 yo comencé a irreverenciar la radio que había hecho. Cuando yo no me había establecido dentro de un formato musical todo el mundo comenzó a hacer rock y a seguir esa corriente. Entonces comenzó a interesarme la música tropical. 'Tumba la caña machetero' o 'El sapo', de la Serenata Guayanesa. Yo comencé a hacer contacto con la realidad ubicándome en el país donde nací, con su panorama y sus aspectos culturales. Mientras más se oponían, más irreverente me ponía”, explicó Cappy. “La música anglosajona fue irreverente en su propio medio y aquí simplemente fue una moda. Nada más. Cuando un individuo toma conciencia y tiene dos dedos de frente se sacude esa influencia. Al que quiera seguir alienado yo lo respeto, eso es problema de él”.

     Alfredo Escalante decidió tomar el estandarte que su hermano Cappy Donzella rechazó, aunque luego tuvo que aceptar su condición de terrícola. “Yo tuve en mis manos  la posibilidad de torcer mi destino. A lo mejor me pude haber convertido en un Gilberto Correa y ahora estaría celebrando mis 30 años de carrera artística, pero yo asumí ser comentarista de música rock y estudioso del fenómeno”. Escalante señaló que los irreverentes de ayer se convirtieron en posconservadores de hoy.

   “Parece ser un ciclo de la vida. Muchos me critican porque me he quedado, pero yo creo que uno tiene que ir contracorriente. No por llevarle la contraria a los demás, sino por hacer lo que le gusta. Cappy me lleva 10 años, así que iguales, nunca fuimos. Cada quien escogió su propio camino. Yo no crítico el cambio de Cappy. Era el karma que le tocaba. A mí me  encanta cómo me he desenvuelto en la vida. Cappy y yo siempre tenemos muchos enfrentamientos, no sé si ideológicos, filosóficos o existenciales, pero yo soy la afirmación de una negación. Muchos de mis amigos de ruta de todo este largo trecho de trabajar en la radio y en los medios se detuvieron porque decían que no se podía continuar. Yo pienso que sí se podía. Bastaba el querer hacerlo y tener la voluntad y la fuerza de seguir, a pesar de los sacrificios. A lo mejor algún día reventaré la piñata”·.

     Iván Loscher se inscribe en el bando de los que siguieron el cambio de los tiempos, “Indudablemente toda esa generación no sólo sufrió un proceso de desencanto, sino que gran parte o se adaptó demasiado bien al sistema a través de un proceso de permeabilización absoluta, o quedó irreconciliada con su tiempo, con un rencor por la nostalgia. Otra parte evolucionó. Yo me considero de los que evolucionaron”.
Napoleón Graziani, director de la emisora 104.5 FM. Indicó que en los 60 la irreverencia tenía un contenido ideológico que en la actualidad no tiene sentido perpetuar. La irreverencia que actualmente tiene sentido es aquella que cuestiona la “irreverencia institucionalizada” de los 60. Cuando la contracultura se estableció se convirtió en algo para burlarse.

   Fue precisamente éste el punto de partida del programa.....

..... “LA FLOR EN EL OJAL”......

....... que producía junto a Loscher y Rondón.
El programa  se transmitía  los domingos en horas  de la noche,  y llegó a  ser  una  cita  impostergable  de  jóvenes  y sectores  universitarios, quienes  veían en el espacio  un  estudio  agudo de la  idiosincracia  del venezolano.  Cada programa  abordaba un tema (cine, literatura, televisión, etc) y estaba compuesto de  distintas  historias humorísticas   que eran  aderezadas y mezcladas  con breves  cortes  de   canciones de  todo género musical, la cuales  servían de  comentario irónico a las situaciones.      

     “¿Qué rompe con lo establecido en la actualidad?”, se pregunta así mismo Graziani, “Musicalmente hablando, los grupos alternativos no dejan de reconocer lo que traen de afuera. Ninguno rompe con el pasado ni con el estilo de algo que parezca venir, por ejemplo, de grupos como los Rolling Stone. Están haciendo lo mismo. No existe ni siquiera la rebelión  contra esos patrones impuestos por unos tipos que trataron de romper contra algo hace 30 años”.

     De la nueva generación de locutores Graziani salva a Eli Bravo, “Yo te puedo describir el momento exacto en el que descubrí el talento de ese muchacho. Trabajaba en Capital como asistente de musicalización en AM. Allí confrontaba al Cappy afirmando que unos tipos que hubiesen compuesto algo como “Obladí obladá” no podían ser buenos músicos. Decirle a un tipo de los 60 que  The Beatles no eran buenos músicos, ¡caramba! Eso era la irreverencia mayor. Pero la irreverencia de Eli era muy sesentosa, muy desacralizadora. En la Flor en el Ojal  también nos burlábamos mucho de eso, porque los 60 llegaron a sacralizarse. Ese tipo de figuras hoy en día están más mitificadas que nunca. A tal punto que yo, que soy de esa generación, estoy comenzando a aborrecer a  The Beatles”.

     A Graziani le es difícil encontrar un blanco contra el que es irreverente en este momento y le alarma la alternativa última “¿Cuántas figuras, cuántas instituciones quedan sin tocar? ¿Cómo se puede ser original ahora o ser irreverente? ¿Agredir al público? Los grupos punks hacían eso. Sid  Vicius vomitaba al público. Quizá lo único en este país contra lo que faltaba ser irreverente era contra el oyente. ¿Con qué otra cosa te metes? Por lo menos a nivel juvenil. Meterse con la política no interesa, a los muchachos no les interesa, están desencantados”. Pero si el público es el último bastión que quedaba por irrespetar, aquí las disquisiciones morales serán otras.

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EL PRIMER HIPPIE DE LA RADIO

“Gómez murió y dejó la radio como una virgen; más para que un convento”. La vitalidad de Cecilia Martínez al evocar la historia borra la sensación del paso de los años. Pionera de la radio en un tiempo en que Venezuela era una aldea  grande, recuerda su primer trabajo a los 16 años. “En aquella Caracas no tenía cabida ningún tipo de irreverencia”.
“Eduardo Martínez Plaza, primo hermano mío, fue el  primer Hippie venezolano, porque sólo vivía del amor, la poesía y la música”, Martinez Plaza se desplazaba en motocicleta con unos anteojos grandes de aviador y con una camiseta a rayas, en una época en la que sólo se admitían cuello y corbata.
“El fue muy irreverente; no le importaba ir en contra de sus padres o de todo el mundo –dice Cecilia- , fue el fundador de una de las primeras emisoras de radio de Venezuela, que se llamó “Aire”, en 1926. La emisora se mantuvo en actividad sólo dos años porque Gómez temió que aquella estación fuese el punto de origen de una “revolución”·.
“Durante ese tiempo, mi primo me subía a su motocicleta e íbamos a “Aire” a escondidas”. Cuando se inauguró Radio Caracas (Y V IBC), en 1930, Martínez Plaza fue a casa de Cecilia para hablar con el padre y pedirle permiso para que sus dos hijas participaran en un espacio de  radio. Era uno de los primeros programas innovadores que iban a salir al aire y se llamaría “La hora de la pasión”. Eduardo tocaría la guitarra y Fina, la hermana de Cecilia, cantaría. El padre desconfió, pero luego capitulo al ver la responsabilidad de la gente que participaba en el proyecto. Al acto de inauguración de la radio, asistieron Edgar Anzola, Ricardo Espina, Alfredo Cortina, entre otros. Al comenzar el programa, Fina, más, introvertida que Cecilia, no se animó a cantar, y sufrió un ataque de miedo escénico. Luego de un breve pero tenso silencio, Cecilia le apartó e interpretó tres canciones sin que nadie la interrumpiera.

     Cecilia Martínez fue la primera persona en cantar un jingle en Radio Caracas. El texto del jingle, el cual promocionaba un  jabón, según rumores de la época, fue escrito por Andrés Eloy Blanco, quien por su condición de perseguido político permanecía “enconchado”.

Era el año 1933, pero el comercial se anticipó al erotismo subliminal de la publicidad actual, pues jugaba pícaramente con la idea de una joven ansiosa por meterse a la ducha con un tal John Laud –el nombre del jabón.

  "Suspirando está en el baño Ana María de La Luz, porque ella quiera bañarse con John Laud. Y su madre no concibe, que Ana María de La Luz quiera meterse en el baño, con John Laud. Mamita, mamita, prepárame un ataúd, si tú no me dejas bañarme con John Laud".

Por supuesto, terminó por ser suspendida. Demasiada irreverencia para el talante del dictador.

30 dE octubre dEl 2014