GOLPE AL CUERPO, HEMORRAGIA EN LA RAZÓN: La historia de Sonny León

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investigación / SONNY cuando la cordura pierde por KO.


GOLPE AL CUERPO hemorragia en la razón


Victor Adams –Sonny León- tuvo un destino infortunado. Quedó su legado de coraje y combatividad dentro del cuadrilátero. Es considerado el mejor peso pluma de la historia del pugilismo venezolano. Ochenta combates y 58 peleas ganadas son su récord. Pocos pugilistas han estado tanto tiempo sobre la cima para caer en forma tan trágica al enfrentar sus propios demonios internos. La enfermedad mental fue el único rival que le atacó a traición.  En septiembre de 1995  deambulaba  solitario como si se tratara de un demente más. José Ignacio Cabrujas le dio el nombre de "Sonny" a su ultima obra por un afecto personal. El boxeo es la perfecta excusa para sacar de Venecia y Chipre al “Otelo”, de Shakespeare, y traerlo al Puerto de La Guaira en un combate sin retadores. La comedia y fatalidad se conjugan en esta obra, como la vida del pugilista. La función ha comenzado, mientras Sonny entrena en las calles de Caracas esperando al próximo combate.


Rodolfo Baptista     


PRIMERA PARTE

            JOSE IGNACIO CABRUJAS ha bautizado a su nueva obra, “Sonny”. Pero la ha bautizado, como el padre que dispone del aura mágica que envuelve el porvenir de un recién nacido, para invocar un afecto personal. Bautizar para restaurar algún designio de fugaz luminosidad, que terminó por atravesar trágicamente la vida. Bautizar, como conjuro de un recuerdo amable, para retar la inercia de la fatalidad humana. 
La obra no tiene nada que ver con la vida del recordado peso pluma, pero existe mucho de justicia poética en este gesto de afecto. Al mismo Sonny le habría agradado que su nombre se utilizara en la revisión de una tragedia clásica. El Sonny León de los años 50 era una persona inteligente. Leia mucho, especialmente a Oscar Wilde, Edgar A. Poe y William Shakespeare. El rompía con los precarios moldes de los boxeadores venezolanos.  Llego a considerar el boxeo como un crimen legalizado.


El “Sonny de mi adolescencia –recuerda Jose Ignacio Cabrujas- iba mucho a Catia, en la noche, a las reuniones de la Plaza Pérez Bonalde. El iba y se dejaba ver en su Cadilac descapotable, con bombillos de colores. Llamaban muchos la atención sus camisas floreadas y su sombrero con pluma y chaquetas anatómicas. Pero también llamada mucho la atención su conversación. Sonny nunca hablaba de boxeo, sino que escuchaba y hablaba de literatura. Le gustaba la literatura pero como lector. Una vez, Sonny estuvo hablando del teatro griego, que era una cosa que a él apasionaba. Yo no quiero decir con esto que Sonny era un hombre culto, pero si era una persona que le gustaba el arte. Pero, apartando esto, Sonny León, en la vida de los hombres de mi generación, tuvo una gran importancia desde el punto de vista deportivo”. 
El hacia allá adonde apunta el homenaje de Cabrujas.

SONNY BOY. De la unión de un matrimonio inglés recién llegado Santa Lucia –una isla atravesada entre Martinica y Guadalupe-, nació Víctor Adams, el 23 de marzo de 1933, en una maltrecha casa de Callejón los Cenizos, por la Bajada de Moreno, en la Parroquia Catedral. Su padre, Thomas M. de León Adams, fue uno de los pioneros del boxeo en Venezuela y llego a trabajar en una importante firma comercial. Luisa, su madre, educada en un colegio de Santa Lucia, inculcaba con mucho celo la disciplina dentro de su familia. Sería incorrecto decir que la temprana afición de Víctor por el pugilismo la heredo enteramente de su padre. 
El paisaje de su niñez estuvo saturado de infantiles escaramuzas a la salida del colegio o de peleas callejeras para mantener la fama de “guapo del barrio”, también por el grito enardecido de los fanáticos y la admiración embelesada hacia los ídolos del boxeo, todo lo cual marco el camino que ha de seguir Víctor.


Su madre  resentía que ese fuese el destino de su hijo “Sonny boy” –apelativo cariñoso con el que la lengua materna arrullaba al menor de la descendencia- tendría que ser ajeno a la brusquedad, al golpe, a la hemorragia.  Víctor acostumbraba ir con su padre al Club Británico donde aprendió a bailar tap con mucha soltura. También fue jugador de béisbol, pero este deporte no terminó por interesarle. Fue así como los temores maternos terminaron por hacerse reales. Durante su adolescencia, escapaba de sus clases en el Fermín Toro para ir a ver de cerca los combates en el Metropolitano y más tarde el Nuevo Circo. Víctor no se dejaba constreñir ante la oposición de sus deseos de boxear.


Su pasión por el pugilismo iba en aumento. Facundo Muñoz, un boxeador de la época, permitía que Víctor fuera a verle entrenar. Allí pasaba horas golpeando con timidez los sacos de entrenamiento, o esperando el momento oportuno para colocarse cualquier par de guantes que algún boxeador hubiese descuidado. A finales de 1948, Víctor decide inscribirse en un campeonato amateur de boxeo. Lucena Adams, hermana de Víctor, recuerda como ella –a pesar de no estar de acuerdo con la decisión- ayudaba a encubrir las escapadas de su hermano. Tempranamente, su madre le descubre. En un ultimo y fallido intento trata de que el joven deje la idea del boxeo y tome un curso de mecánica por correspondencia, pero no todo es inútil. El “rebelde”, como ella le llama, no tiene intenciones de dejar el cuadrilátero. Víctor realizo 19 peleas como amateur, de las cuales solo perdió una.


En diciembre de 1949, se le ofreció su primera oportunidad de hacer rentable su destreza con los puños. El combate seria en Maracaibo contra Ruben Díaz, quien para aquel entonces era un boxeador en pleno auge. Mario Ponce, su manager, pidió ante el presidente de la comisión de boxeo, Franklin White, el pase al profesionalismo de Víctor y le fue concedido. Puesto que era menor de edad, necesitaría de la autorización paterna para viajar. En esa oportunidad, Lucena ayudo a su hermano a forjar el documento de la autorización, estampando su firma. “Víctor viajó a su pelea, pero cuando mama se enteró que yo había firmado la autorización, se formó un zaperoco en la casa”. Víctor ganó la pelea contra Díaz y cobró Bs 700.

EL VUELO DEL PESO PLUMA. A partir de ese momento, Víctor Adams sería para el país Víctor “Sonny” León –o Zoni, como se escribía reiteradamente en la prensa de la época. Sonny pronto se convirtió en una estrella. En su quinta pelea, de nuevo contra Rubén Díaz, recibió Bs 2 mil,  "El equivalente a lo que en 1995 serrían 102 mil" apunta Roberto Riveiro, comentarista de boxeo y quien conoció de cerca a Sonny. “El ha sido el preliminarista que más dinero ha ganado por una pelea”.


En una oportunidad, Sonny participaba en una pelea contra Luis Barreto en un combate de ocho rounds. El promotor era Febles Cordero y el favorito, Sonny. Barreto con más peso y más alto, le estaba ganando fácilmente a Sonny. Súbitamente, la luz eléctrica falló y, a pesar de los esfuerzos de los técnicos, no se pudo remediar la situación. La comisión de Boxeo decidió entonces anular el combate. Existen varias versiones acerca de los que pasó. Algunos aseguran que el promotor evento, al ver que Sonny estaba perdiendo, arrancó los cables de las instalaciones y evitó que la derrota se  consumase.


Lucena Adams tiene otra versión “Un miembro de la Junta de Gobierno había apostado a favor de Sonny. Así que en vista de que estaba perdiendo, había que favorecer al dictador. Dieron la orden de cortar la luz. En muchos años, nunca se había visto en Caracas un apagón así”.


Sonny tenia un estilo bajo y ladeado, con weaving, para evitar los jabs y ganchos. Doblaba constantemente la cabeza. Generalmente, estudiaba a su contrincante en los cuatro primeros rounds, para luego lanzarse contra él en forma decidida, situación ésta que enardecía al público. “En los cuatro primeros rounds, la gente se aburría”, indica Roberto Riveiro, “pero en los siguientes seis, nadie veía la pelea sentado”.


Sonny gano a todas las primeras figuras de aquel momento. Logro el título Nacional Gallo ante Pekinés Córdova. En octubre del año 52, Sonny se enfrenta y gana por primera vez el Campeonato Nacional Pluma al confrontar a Eloy Pacheco. No llegaron a transcurrir siete meses cuando su propio ímpetu por el triunfo lo llevo a perder la faja fuera del ring. El 31 de octubre de 1953 viajo a La Habana para pelear contra “Puppy” García, ídolo de los cubanos para aquel entonces. Pero a pesar del buen trabajo de jabs y contragolpes que mantuvo a raya su violento y efervescente oponente, Sonny no pudo ganar la pelea. Al regresar a Venezuela, encontró que la Comisión de Boxeo le había impuesto una suspensión por seis meses y el retiro del título de Campeón Peso Pluma, por haber realizado el viaje sin debida autorización de dicha Comisión. 


Según su hermana Lucena, esta situación deprimió mucho a Sonny, pero se recupero y continúo su batalla hasta recuperar su galardón de Campeón Nacional Pluma en el año 55, en un combate contra Guillermo “Chicharrita” Medina.


“Chicharrita” –el primer bocazas de pugilismo venezolano-, antes de la pelea, se acerco con un paragua para regalárselo a Sonny. Cuando se le preguntó porque hacia eso, explico: “Es para que aguante la lluvia de golpes que le voy a dar”. Sonny, más sereno y seguro de sí mismo, le dijo: “Te voy a noquear pero lo voy a  hacer en el último round”. Dicho y hecho. En el decimoquinto round, la gran boca de “Chicharrita” besaba la lona. Aquella fue la única pelea en la historia del pugilismo venezolano en que dos venezolanos habían peleado 15 rounds hasta el final. 

BOXEANDO EN LAS SOMBRAS. Sonny peleo 80 combates, de los cuales ganó 58 y  perdió en 13  -29 de sus victorias fueron por KO. Se enfrento a Russ Tague, Paul Jorgesen, Víctor Quijano, Gabriel “Flash” Elorde, Ultiminio Ramos. Ya en el ocaso de su carrera, venció en un combate a Willie Pep –considerado el mejor peso pluma de todos los tiempos. Sonny León confeso a la prensa de entonces que el cubano Ciro Moracen había sido el mejor de sus contrincantes y que el combate que mayor satisfacción le produjo fue el librado contra Kid Anahuac, en México. En aquel enfrentamiento, a pesar de que Sonny había hecho una pelea de primera línea, la decisión  favoreció a Kid Anahuac.


El público mexicano protestó ruidosa prolongadamente a lo que ante todas luces era una injusticia. Cruz Bajares, secretario de la Embajada de Venezuela manifestó su descontento ante lo ocurrido y los jueces accedieron a un empate. Pero, al día siguiente, revisando mejor el veredicto, le dieron la pelea a Sonny, pues en realidad había ganado por decisión. Los jueces fueron suspendidos.


La fama y el ritmo de vida de un pugilista popular cambiaron la forma de ser del boxeador. Según explica Riveiro, su personalidad se modificó a raíz de un viaje a Cuba en 1955. De un hombre introvertido, cerrado, ensimismado, pasó a ser una persona en apariencia extrovertida, y que recitaba poemas, vestía con trajes vistosos y llamativos, y hablaba con aspaviento. Mucho de este cambio era atribuible al efecto de la marihuana, droga que comenzó a consumir en aquel entonces y que lo condujo a una vida disipada. 
Sonny León era, según indica Riveiro, un “ídolo al revés”. La gente acudía a sus peleas con la esperanza secreta de verle perder. Hacia el final de su carrera cuando ya había mermado su condición física, y su técnica aguerrida era sustituida por recursos menos vistosos –como dar cabezazos o abrazarse a sus contendores-, el público le hacia pitas o le arrojaba objetos sobre el cuadrilátero. Riveiro apunta que tal reacción podía deberse, en parte, a la fama de pedante que tenia el boxeador.


“Sonny era un poco parco“, explica Lucena. Cuando los periodistas acudían a su casa y le requerían respuestas sobre algún aspecto relativo a un combate, el muchas veces se quedaba callado, y esperaba un rato antes de contestar. “Algunos periodistas opinaban que eso era falta de roce social, otros decían que era un problema de reflejos, otros que era muy introvertido, y los demás decían que era por darse importancia”. 
Pero el declive de Sonny comienza en el año 59. Pierde una pelea con el boxeador italiano Sergio Caprari, con “Flash” Elorde y con Epifanio Padrón –quien lo despoja de su título Nacional Pluma. El final de la carrera boxística de Sonny León demorara un año más. En mayo de 1960, Sonny perdía por nocaut técnico – el único de su carrera- ante Jhonny Di Peiza, un púgil trinitario.


“Yo retire a Sonny del Boxeo”, recuerda con cierta melancolía el periodista Raúl Hernandez. “Cuando vi que Sonny estaba mal, le hice señas al réferi para que parara el combate. A Sonny no le gustó y se acercó a la esquina para reclamar mi actitud. Pero, inmediatamente, el mismo comprendió que no podía continuar y rompió a llorar”. La pelea había terminado. Con ella, comenzaba otra que a la postre también perdería: la pelea con su cordura.


Sonny comenzó a mostrar súbitamente síntomas de enfermedad mental. De la mano de su hermana, comenzó a visitar a especialistas. Lucena explica que el doctor Matinez Coll, reputado neurólogo de la época, le indicó que el problema de Sonny no tenia solución quirúrgica. “Me dijo que su problema era psicológico y que podía tanto salir como no salir de ese estado”. 


Las pequeñas lesiones producidas por el boxeo, el consumo de drogas, y tal vez una disposición a padecer la enfermedad, terminaron, por desarticular los pensamientos del ex boxeador. Sonny comenzó a pintar y escribir frenéticamente. Escribía en abundancia hojas tras hojas, textos enteros o poemas. Lucena llevó aquellos productos de su creatividad desbocada al Centro de Higiene Mental de San Bernardino, donde los especialistas acordaron el previsible diagnostico de esquizofrenia


“En una oportunidad una junta de médicos extranjeros lo vio y me dijeron que consideraban que Sonny estaba en el grupo de superdotados”. Ellos explicaron a Lucena que Sonny era del grupo de personas que desde el punto de vista psicológico, “o subía y se quedaba arriba, o bajaba y permanecía abajo”. Como en el boxeo, el nocaut fue fulminante. Sonny permaneció abajo y  nunca pudo levantarse nuevamente de la lona. 
Por un tiempo, volvía al patio de sus antiguos éxitos, el Nuevo Circo, a entrenarse con denuedo, a objeto de pelear contra algún adversario que nunca se presento. Obtuvo un puesto de trabajo en el Instituto Nacional de Deportes (IND) pero lo perdió por impuntualidad. El canal ocho le concedió, por un lapso, un sueldo que administraba la hermana. Su madre, quien murió a finales de los  80', tuvo que ver, lamentablemente, con su más temida angustia se trocaba en realidad.


Al final de la tarde,  a mediados de los 90', siempre se veía pasar a Sonny León de San Agustín del Sur a San Agustín del Norte, como un indigente más. A veces iba a Simón Rodríguez, donde  vivía su hermana. A veces. Otras, se queda a dormir en la calle. El no aceptaba dinero. Aceptaba sí, alguna comida. Se le podía ver con los brazos atrás, agarrados. Y si uno lo seguía, era posible sorprenderlo lanzando unas combinaciones al aire. Derecha, izquierda. Izquierda, derecha. Pero con una velocidad que sorprendía, a pesar del maltrato y el paso del tiempo.


En septiembre de 1995,  el actor Franklin Virguez –quien lo conoció muy bien de niño, y por extraña coincidencia, tomó su nombre al interpretar el personaje principal de la  puesta en escena de José Ignacio Cabrujas –lo vio en su eterno deambular por los lados de San Agustín. 
-¡Sonny…! 
-¿Quién dijo Víctor? –reaccionó 
-¡Sonny soy Franklin Virguez! 
-Aja, dígame, joven –un centelleo, y su mirada dejó de ser vidriosa. Por segundos. 
-En que José Ignacio Cabrujas hizo una obra y le puso tu nombre. Como un homenaje a ti. 
-Mis respetos y mis saludos –articuló, en un espasmo de cordura. Pero. Inmediatamente, sus fantasmas lo aislaron de nuevo del mundo. 
Entonces continúo caminando.

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BLANCA ES LA NOCHE  
¿Fue Víctor Adams un hombre celoso, como el personaje al que le dió nombre en la pieza de Cabrujas? Al margen de la especulación en honor a los celos –que también son un tipo de locura., cabria advertir la interesante precisión que hace Roberto Riveiro en honor a las causas de la enajenación del propio Víctor León. 
Riveiro no descarta la acción malsana de las drogas sobre la psique del campeón pluma, o la perniciosa erosión que iba generando cada golpe que se le asestaba al cráneo. Pero Riveiro, que conoció de cerca la vida del pugilista, observó que la caída por el precipicio de la enfermedad mental tuvo su génesis luego de un trauma amoroso del que fue victima Sonny.


“Su declive –explica Riveiro- no se produjo por la edad. Si en los años 60 tenia 27 años, resulta obvio que no estaba tan viejo como para perder tan rápidamente sus condiciones físicas. Sonny terminó su carrera por la forma en que perdió a su novia”.


En el año 1959, Víctor se enamoro de una agraciada y rubia adinita llamada Blanca, que trabajaba en “El Arepazo” local ubicado en la esquina de Muñoz. Víctor se esmeraba en complacer los caprichos o halagarla con obsequios. Pero a él no le parecía que la mujer de la que estaba irremediablemente prendado mortificara la planta de sus pies al caminar por las calles de Caracas. Y se le ocurrió inmediatamente una solución: compró un auto de alquiler, cuyo cometido seria siempre estar disponible para trasladar a Blanca de su hogar a su trabajo, y del expendio de arepas nuevamente a la casa, en las tardes. Contrato un chofer y le propuso aprovechar el taxi durante el día, en vista de que Blanca no necesitaría el auto durante la mayor parte del tiempo. Mientras Blanca trabajara, el chofer podría hacer algunas carreras extras. Acordaron un porcentaje de ganancias y de esta forma aquel gesto de galantería se convirtió también en un negocio lucrativo. 
Durante algunos meses el negocio marchó sobre ruedas –si cabe la redundancia. El chofer, luego de llevar a Blanca al trabajo, se ocupaba de otros clientes, hasta que llegaba la tarde, cuando se detenía frente a “El Arepazo” para esperar a la apetitosa rubia.


Pero un aciago día para Víctor, Blanca escapó con el chofer en el taxi y lo abandonó. Rubia, chofer y negocio desaparecieron todos al mismo tiempo. Sonó la campana y el boxeador quedó rumiando su desgracia en la esquina Muñoz.


Víctor “Sonny” León no sufría de celos excesivos (de haberlos padecido, no habría puesto a su novia en manos de un chofer o, cuando menos, una fantasía de infidelidad habría anticipado el desenlace).  Pero la situación no deja de ser lo suficientemente trágica, para adivinar su influencia en una psique susceptible y en precario equilibrio.


Es fácil ver a Víctor cuestionarse así mismo por no haber podido retener a Blanca. También debió haber pasado muchas noches observándose sobre un ring, frente a frente con los desleal chofer, partiéndole la nariz y mandándolo a la lona repetidas veces.


Roberto Riveiro apunta que, al poco tiempo de consumado el hecho, la mente de Sonny comenzó a resentir el impacto.


En su andar errático, se le podía escuchar recitar un verso simple, cuya infantil hechura daba patética fe de su intenso drama interior:  
“Blanca es la noche, Blanca es el día, Blanca es la novia que yo más quería”. 

24 dE octubre dEl 2014